jueves, 16 de marzo de 2017

Etimología de términos iniciáticos (parte 2)

Etimología de términos iniciáticos (parte 2)

Esta es la continuación del artículo “Etimología de términos iniciáticos” donde comencé a analizar el origen de algunos términos vinculados a la Filosofía Iniciática. Muchísimas gracias a todos los que aportaron ideas para las próximas entregas de esta serie de artículos.


Iniciación

Deriva del vocablo latino “initium”, es decir “inicio”, el que a su vez proviene de “in-ire” (ir hacia adentro, entrar). Por lo tanto, la Iniciación supone un primer paso pero no hacia afuera o hacia adelante (pro-greso) sino hacia adentro (re-greso).

Existen dos tipos de Iniciación, una virtual (simbólica, ceremonial, fraternal) o “iniciación” con minúscula y otra efectiva (iluminación, despertar) o “Iniciación” con mayúscula.

La iniciación ritualística, propia de las órdenes esotéricas y fraternidades es una forma de iniciación virtual y puede considerarse una expresión simbólica de la verdadera iniciación, es decir de la iniciación efectiva o real.

“Virtual” según la Real Academia significa “que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente, frecuentemente en oposición a efectivo o real”. Esto significa que cuando nosotros somos iniciados ceremonialmente en alguna organización (tanto oriental como occidental) se nos está confiando una semilla que representa a la perfección las potencialidades latentes en el ser humano.

La iniciación ritual tiene la posibilidad de “activar” la semilla, pero para que ésta germine y crezca deberá ser colocada en tierra fértil, regada, cuidada, para que finalmente se convierta en un árbol de estupendos frutos.

Lamentablemente muchos “iniciados” reciben con entusiasmo la semilla pero al cabo de unos días prefieren guardarla en un cajón y olvidarse de ella, tras percatarse que transitar el sendero iniciático no es fácil y que exige de sus caminantes cuatro cosas “pasadas de moda”:

* Coherencia
* Constancia
* Compromiso
* Confianza

La clave de la Iniciación consiste en pasar de la potencia al acto, lo que significa salir de nuestra zona de confort, pasar a la acción.

Hace cientos de años, fue Aristóteles quien habló de pasar de la potencia al acto, de salir de la virtualidad y pasar a la efectividad. Lamentablemente, muchos se confunden y creen que la participación en ceremonias simbólicas es una acción transformadora en sí misma, cuando en verdad necesitamos que todos esos símbolos poderosos nos penetren, nos atraviesen, se hagan carne y sangre en nosotros.

La iniciación virtual es concedida por terceros y no puede garantizar de modo alguno un cambio radical en la naturaleza del “iniciado”, la iniciación real se alcanza a través del esfuerzo y después de un largo entrenamiento (ascesis).



En este sentido, el masón Oswald Wirth declaró: “De no verificarse en nosotros la Magna Obra de los Hermetistas, seguiremos siendo profanos y nunca podrá el plomo de nuestra naturaleza transformarse en oro luminoso. Pero, ¿quién es lo bastante crédulo para imaginarse que tal milagro, pueda tener lugar por la virtud de un apropiado ceremonial? Los ritos de la iniciación son tan sólo símbolos que traducen en objetos visibles ciertas manifestaciones internas de nuestra voluntad, con el fin de ayudarnos a transformar nuestra personalidad moral. Si todo se reduce a lo externo, la operación no dará resultado: el plomo seguirá siendo plomo, aunque esté enchapado en oro. (…) El Iniciado verdadero, puro y auténtico, no puede conformarse con un tinte superficial: debe trabajarse él mismo, en la profundidad de su ser, hasta matar en él lo profano y hacer que nazca un hombre nuevo”. (1)

Por lo tanto, las iniciaciones masónicas, rosacruces, herméticas, martinistas y tantas otras pueden ser comparadas con la compra de un ticket aéreo sin fecha marcada. Algunas personas recibirán su ticket con alegría, estudiarán en libros y guías detalles importantes sobre el país que pretender visitar y finalmente marcarán su pasaje y volarán a su destino. Mientras tanto, otros “iniciados” recibirán su ticket e irán posponiendo una y otra vez la fecha de la partida, y ante la duda se dedicarán a leer toda clase de bibliografía sobre el país lejano. Incluso se podrán convertir en “expertos” sobre ese país, acumulando todo tipo de detalles acerca de las ciudades que nunca ha recorrido, de las gentes con las que nunca ha hablado y de la comida que nunca ha comido.



En resumen: si tuviéramos que definir la Iniciación (y cuando hablo de Iniciación con “I” mayúscula me refiero a la Iniciación efectiva, que es sinónimo de “Iluminación”) podría decirse que ésta es la realización o actualización de nuestra verdadera naturaleza, un estado de conciencia superior que nos ubica en un espacio intermedio entre la materia y el espíritu, un punto estratégico entre dos mundos.

Esto no es otra cosa que experimentar en carne propia el axioma integrador de los alquimistas: “Fac fixum volatile et volatile fixum” (“hacer fijo lo volátil y volátil lo fijo”), es decir corporizar lo espiritual y espiritualizar lo corpóreo. Integrar lo de arriba y lo de abajo, lo de adentro y lo de afuera. Esa es la verdadera Iniciación y toda “iniciación” anterior debe considerarse una preparación para ésta.

Iniciático

Obviamente, la palabra “iniciático” deriva de “Iniciación” y, por lo tanto, al hablar de una Filosofía Iniciática o de un Sendero Iniciático se está poniendo el foco en el proceso interior que nos lleva de la periferia al centro, de la potencia al acto, de la oscuridad a la luz. Nada más que eso. Este proceso no es propiedad de ninguna organización sino que es un derecho innato de cada ser humano.

Cuando se me pregunta: “¿Qué diferencia a la Filosofía Iniciática de la Filosofía Perenne o de la Filosofía Esotérica?”, la respuesta siempre es la misma: “el foco”, o mejor dicho en dónde ponemos el foco. Mientras que la palabra “perenne” nos habla de un conocimiento siempre vivo y constante, el vocablo “esotérico” alude a un conocimiento interno, no evidente, y la palabra “iniciático” se centra en la vivencia, aunque la Filosofía (esto es: Amor a la Sabiduría) es la misma. (Véase también: “¿Qué es la Espiritualidad Iniciática?”)

Intención

La palabra “Intención” proviene del vocablo latino “intentio”, que se compone de “in” (entrar) y “tendere” (tender, tensar, dirigir hacia). Por lo tanto, la Intención no es otra cosa que la tensión o impulso interior que se dirige hacia un objetivo determinado.

Determinar desde el primer momento nuestras intenciones es de capital importancia si queremos realmente transitar el sendero iniciático. La pregunta que siempre debemos hacernos es “¿de dónde proviene nuestro impulso?” (¿del ego? ¿del alma?) o “¿cuáles son nuestras intenciones al hollar el camino?” ¿Queremos fama? ¿Reconocimiento? ¿Amor? ¿Seguridad? ¿Consuelo? ¿Conocimiento? ¿Cultura? ¿O verdaderamente queremos convertirnos en lo que verdaderamente somos?

La intención por sí sola no sirve de mucho, por lo cual debe ir acompañada de una motivación (motivos para la acción), aquello que nos pone en marcha. Esta última siempre estará supeditada al deseo o a la voluntad, que son dos expresiones de una misma energía, una volcada a lo externo y otra hacia lo interno. Como seres encarnados, no podemos escapar del deseo pero sí sublimarlo y convertirlo en un “deseo purificado”, el virtuoso punto medio entre el deseo puro (animal) y la voluntad pura (divina).



Dicho de otro modo, el profano es aquel que permanece encadenado a la dicotomía placer-dolor en función del deseo, mientras que el iniciado es quien ha logrado liberarse de esa dualidad y que puede purificar sus deseos, alineándolos con su propósito existencial.

Es importante destacar que la Filosofía Iniciática diferencia el querer del desear. El “querer” es propio del deseo purificado, mientras que el “desear” está relacionado al deseo a secas, a la gratificación sensorial a corto o mediano plazo.

El español Enrique Rojas explicó bien este concepto, señalando que “desear es apetecer algo que se ve, pero que depende de las sensaciones del exterior”, mientras que “querer es verse motivado a hacer algo anteponiendo la voluntad, pues sabemos que eso nos da plenitud, nos mejora, eleva la conducta hacia planos superiores”. (…) En la práctica, el desear y el querer aparecen mezclados; pero en la teoría es bueno separarlos, para saber en qué terreno estamos. Cuando queremos nos movemos o sentimos atraídos a preferir lo mejor”. (2)

Una vez más, gracias por comentar este artículo y por sugerir nuevas palabras para que sean analizadas en las próximas entregas de esta serie de artículos. Recuerda: no creas nada de lo que está escrito en este blog. Investiga, compara, pon a prueba todo lo que se dice aquí.



Notas del texto

(1) Wirth, Oswald: “El Ideal Iniciático”
(2) Rojas, Enrique: “La conquista de la voluntad”


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