domingo, 31 de marzo de 2013

MUY FELIZ DÍA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN





Apreciados amigos:

Me es muy grato desearles un MUY FELIZ
DÍA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN.
Reciban mi afectuoso y fraternal saludo,

                 César Lillo Arellano
Feliz día de Pascua de Resurrección
Duración= 0:04:15 horas


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Que haya Paz en este día, Feliz día de Pascua

Fraternalmente Edgardo Ceol

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En su mensaje pascual, el papa Francisco pidió que "haya paz en todo el mundo"


En su mensaje pascual, el papa Francisco pidió que "haya paz en todo el mundo"

En la bendición urbi et orbi , el Sumo Pontífice hizo un dramático llamado para que cesen los conflictos en Medio Oriente, en Africa y en la península coreana


ROMA.- Ante cientos de miles de fieles congregados en la Plaza de San Pedro, en su primer mensaje pascual y bendición "urbi et orbi" , a la ciudad y el mundo, Francisco, el primer papa argentino, hizo un dramático llamado a la paz en el mundo, especialmente en Medio Oriente, entre israelíes y palestinos, en Irak y sobre todo en la "amada" Siria, donde ya se ha derramado demasiada sangre, en Africa y en la península coreana. El Pontífice denunció, además, las divisiones provocadas por la codicia de quienes buscan "fáciles ganancias", el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia, la trata de personas, la violencia ligada al narcotráfico y la explotación inicua de los recursos naturales.


"Pidamos a Jesús resucitado que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero", exhortó el Papa al hablar desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, después de haber celebrado la solemne misa de Pascua.

En la liturgia de la Resurrección del Señor, la celebración más importante del año, marcada por bellísimos coros y un clima de gran recogimiento, el Papa no pronunció homilía justamente porque hablaría más tarde, en el mensaje pascual. Miles de fieles comenzaron a llegar a la Plaza muy temprano por la mañana. Entre ellos, cientos de argentinos con banderas. Si bien había amanecido con sol, contra todos los pronósticos, nubarrones grises acompañaron la ceremonia, en la que, sin embargo, no llegó a llover y hasta de a ratos salían algunos rayos de sol. Al final de la misa, Francisco tuvo un nuevo baño de multitud cuando dio varias vueltas en papamóvil entre los fieles que lo vivaron y aclamaron como nunca. "Viva el Papa!"; "¡Fran-ces-co!", gritaba la gente, en un clima de fiesta impresionante. Como ya hizo en otras oportunidades, detuvo el papamóvil para besar bebes, discapacitados, enfermos. Y saludó a argentinos -que hasta le regalaron una camiseta de San Lorenzo- con sonrisas y haciendo el gesto de "ok", con el pulgar para arriba. Aunque hubiera querido saludar a todo el mundo, el jeep que lo llevaba circulaba rápido para que llegara a las doce del mediodía a dar su mensaje pascual y bendición urbi et orbi , a la ciudad y el mundo.
Con la sencillez que se ha convertido en la principal característica del Papa argentino , éste empezó así: "Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua!".
El Papa destacó que era una gran alegría para él, al comienzo de su ministerio, poder dar el anuncio de Cristo resucitado. "Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles... Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia", dijo, hablando en italiano con acento porteño.
"¿Qué significa que Jesús ha resucitado?", preguntó el Papa venido del fin del mundo. "Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón", contestó.
"Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana", aseguró el Papa venido del fin del mundo. "Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos", agregó.
Al implorar la paz por el mundo entero, Francisco comenzó con Medio Oriente, entre israelíes y palestinos "que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo". También pidió paz para Irak y sobre todo "para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo". "¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuántos sufrimientos deberán infligirse antes de que se logre encontrar una solución política a la crisis?", se preguntó el Papa.
Mencionó luego al continente africano, "escenario aún de conflictos sangrientos", a Malí, a Nigeria, "donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas", al este de la República Democrática del Congo y a la República Centroafricana, "donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo".
Pidió asimismo paz en Asia, sobre todo en la península coreana "para que se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación". Y, por otra parte, "paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales".
"Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación", exhortó finalmente Francisco, el santo de los pobres y defensor de la creación, que al final fue aclamado por la multitud.
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EL VIERNES SANTO Y EL MISTERIO DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN



EL VIERNES SANTO Y EL MISTERIO DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN



Toda la vida de Cristo fue una cruz y un martirio,
¿y tu buscas para ti el descanso y el gozo?
Cuanto más alto el hombre alcanza en el espíritu,
más pesadas son las cruces que a menudo encuentra, porque la pena de su destierro aumenta con la fuerza de su amor.
 Tomás de Kempis
Casi lo abruma la pena al contemplar el contraste. Había una marcada incongruencia entre la sonriente escena frente a él, la fácilmente observable actividad de la naturaleza, luchando hacia la renovada vida después del largo sueño invernal y la lucha de muerte de un torturado Salvador sobre una Cruz
En la mañana del Viernes Santo de 1857, Ricardo Wagner, el máximo artista del siglo XIX, estaba sentado en la galería de una villa Suiza, junto al Mar de Zurich. El panorama que le rodeaba estaba bañado con un sol glorioso; paz y buena voluntad parecían vibrar a través de la Ricardo Wagner,. Toda la creación palpitaba con ruidos; el aire estaba cargado con el fragante perfume de los pinares en brote – grato bálsamo para un corazón o una mente inquieta.
Sorpresivamente, como un rayo salido de un cielo diáfano, entró en el alma profundamente mística de Wagner el recuerdo del significado ominoso de aquel día, el más oscuro y más triste del año Cristiano. Casi lo abruma la pena al contemplar el contraste. Había una marcada incongruencia entre la sonriente escena frente a él, la fácilmente observable actividad de la naturaleza, luchando hacia la renovada vida después del largo sueño invernal y la lucha de muerte de un torturado Salvador sobre una Cruz; entre el canto de vida y amor a plena voz, proveniente de miles de pequeños emplumados coristas en el bosque, en el páramo y en la pradera y los ominosos gritos de odio provenientes de una enfurecida turba que se mofaban y escarnecían al más noble ideal que el mundo jamás haya conocido; entre la maravillosa energía creativa ejercida por la naturaleza en primavera y el destructivo elemento en el hombre que dio muerte al Personaje más noble que jamás haya agraciado nuestra tierra. Mientras Wagner meditaba sobre las incongruencias de la existencia, la pregunta se presentó por si sola:
cuando las actividades materiales están en su más bajo reflujo, una ola de energía espiritual lleva sobre su cresta la divina y creadora "palabra del Cielo"
muerte-salvador-renacimiento-naturaleza
¿Hay alguna conexión entre la muerte del Salvador sobre la Cruz en Pascua y la vital energía que se expresa, tan pródigamente en primavera cuando la naturaleza da comienzo a la vida de un nuevo año?.
Aunque Wagner concretamente no percibió ni se dio cuenta del complejo significado de la conexión entre la muerte del Salvador y el rejuvenecimiento de la naturaleza, sin embargo, él había, sin saberlo, tropezado con la clave de uno de los más sublimes misterios que el espíritu humano enfrentara, en su peregrinaje desde el lodo hasta Dios.
En la más oscura noche del año, cuando la tierra duerme profundamente en el frío abrazo de Boreas, cuando las actividades materiales están en su más bajo reflujo, una ola de energía espiritual lleva sobre su cresta la divina y creadora “palabra del Cielo” al místico nacimiento en Navidad; y como una nube luminosa, el impulso espiritual se cierne sobre el mundo que “no lo conoció”,  pues “brilla en la oscuridad”del invierno cuando la naturaleza está paralizada y muda. Esta divina “palabra creativa”  tiene un mensaje y una misión. Nació para “salvar al mundo” y “para dar su vida por el mundo”.   Por necesidad debe sacrificar su vida a fin de lograr el rejuvenecimiento de la naturaleza.
Esta divina "palabra creativa" tiene un mensaje y una misión. Nació para "salvar al mundo" y "para dar su Vida por el mundo."
jesus glorificado
Gradualmente se entierraen el suelo y comienza a infundir su propia vital energía en los millones de semillas que yacen dormidas en la tierra.  Susurra “la palabra de Vida” a los oídos de las bestias y de los pájaros, hasta que el Evangelio o las buenas nuevas han sido predicados a toda criatura. El sacrificio está totalmente consumado al momento en que el Sol cruza su Nodo Este (Pascual) en el Equinoccio primaveral. Entonces la divina “palabra” creativa expira, muere sobre la cruz de la Pascua, en un sentido místico, mientras exclama un último grito triunfal: “¡¡se ha consumado!!” (consummatum est).
A medida que el eco regresa a nosotros repetido, la canción celestial de la vida es oída también muchas veces desde la Tierra. Toda la creación entona esa canción como un himno; un coro formado por legiones lo repite una y otra vez.  Las pequeñas semillas en el seno de la madre tierra comienzan a germinar y brotan sus renuevos en todas direcciones. Un mosaico vivo, maravilloso, una alfombra verde adornada con flores multicolores, reemplaza la inmaculada palidez del invierno. De las tribus de pájaros y animales “la palabra de Vida” surge como una canción de amor que les impulsa a procrear. Generación y multiplicación son las palabras de pase por doquier – el Espíritu ha resucitado a una Vida más abundante. En esta forma, en sentido místico, vemos el nacimiento, muerte y resurrección del Salvador que nos llega en el impulso espiritual que culmina con su entrada al centro del planeta en la noche de Navidad, en el Solsticio de invierno y se aleja de él en el Domingo de Resurrección, cuando la Palabra “Asciende al Trono del Padre.”
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viernes, 29 de marzo de 2013

Jueves Santo


Jueves Santo



Apreciados amigos:

Me es muy grato compartir con ustedes este reflexivo mensaje de Jueves Santo.
Reciban mi afectuoso y fraternal saludo,

                   César Lillo Arellano             

Jueves Santo 2013
Duración= 0:08:30 horas

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Saludos afectuosos, y Felices Pascuas.

Edgardo Ceol

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martes, 19 de marzo de 2013

EL AMOR


EL  AMOR

 EL DON DE DIOS

Ya indicamos en épocas anteriores que existen cuatro clases de amor que siguen un patrón  igual al que pasa el ser humano desde su nacimiento hasta su senectud:
1.  El amor que el niño en su primera infancia da a su madre debido a que ella lo nutre, alimenta, cuida y protege; ese amor es catalogado por nosotros como AMOR LUNAR  porque las fuerzas lunares son las que actúan en este tipo de amor.
amor niño madre
2 . El niño crece y llega a la época de la rebeldía, tiempo que se conoce como  adolescencia en la que quiere independizarse de su familia para hacer lo que se le apetezca sin seguir las órdenes ni demandas de sus padres; período que como la misma palabra “adolescencia” está indicando, “adolece”  de la capacidad de distinguir lo correcto de lo incorrecto; época turbulenta que corresponde a los impulsos de MARTE y corresponde al amor marciano; ciclo pasional en que todo se pide y no se da nada a cambio, sin importar persona alguna, incluso, si tiene pareja que ésta quede satisfecha sexual ni económicamente, es un amor egoísta que exige todo sin dar mayor cosa a cambio.

 
amor-adolescencia
 3. El adolescente al llegar a la etapa en que es capaz de distinguir lo bueno y lo malo y tener control sobre sus impulsos.  En ésta etapa la persona ya madura busca establecer una familia o por lo menos tener una compañera que llene sus necesidades de soltero; en otros casos busca una compañera con quien se casa al sistema antiguo o se empareja de alguna manera siguiendo los impulsos que vienen del planeta VENUS; es el amor venusino del toma y daca en el que se proporciona a la pareja el fruto del trabajo y esfuerzo; le da lo que ella pide y ésta a su vez le recompensa proporcionándole un buen hogar y compañía.
amor inegoista
4.  Cuando la persona ha establecido su familia y consecuentemente tiene hijos, llega a cierta edad en que da todo lo que tiene y no pide nada a cambio, proporciona  todo lo que los hijos o nietos requieren o lo que su pareja necesite, sin usufructuar nada para sí de su trabajo, convirtiéndose en un amor inegoísta que da todo y no pide nada; éste es el amor de URANO.

 
amor universal
Estos cuatro tipos de amor como ya dijimos los hemos enunciado en otras ocasiones.  Ahora, por acercarse el día del amor, ampliamos brevemente el concepto en lo siguiente.
Ciertamente hemos manifestado que la única panacea para curar los males del mundo constituye el amor de Cristo, siendo este amor puramente espiritual, afirmación que la  volvemos a repetir; sin embargo, dada la fecha en que se celebra el Día del Amor, miraremos las cosas con mayor amplitud.
Sin lugar a dudas en la actualidad el sexo está desbocado; pero, ¿Es el sexo amor porque alguien en el pasado le dio el calificativo de “hacer el amor”, ¿cuál fue la razón?.
En el acto sexual existe algo sumamente elevado, en lo máximo de lo divino por lo tanto  no nos pertenece, tan solo lo tenemos en custodia. Por ahora no trataremos de eliminar los problemas inherentes a la caída ni trataremos de eludir el problema.  La misión más enaltecida que podemos tener es transformar lo malo en bueno y con ese propósito diremos lo siguiente. “No importa el uso del sexo que se le dé en la actualidad, con el tiempo en un mismo renacimiento o en renacimientos posteriores, a través de la influencia de la divinidad del Cristo, estaremos en la capacidad de TRANSFORMAR LO MALO EN BUENO, DEVOLVIÉNDOLE AL SEXO SU PRINICIPIO DIVINO porque volvemos a repetir, es la fuerza más divina que tenemos en custodia.  Trabajemos pues en este sentido de transformar todo lo malo que vemos en algo bueno. Porque el Cristo es nuestro ayudador y no temeremos lo que nos hagan los demás (San Pablo).
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sábado, 16 de marzo de 2013

Servicio de Curación Especial Domingo 17 de Marzo por la salud de Don Pedro Tavacca


Servicio de Curación Especial Domingo 17 de Marzo  por la salud de Don Pedro Tavacca

Pedro Segundo Tavacca


Solicitamos a quienes nos quieran acompañar a este servicio de Curación, especial por pedido de Salud para nuestro hermano y amigo Don  Pedro Segundo Tavacca a realizarse este Domingo 17 de Marzo a las 18.30 hora de Oceanside con sus respectivas correcciones para cada país, en Argentina 22.30 Hs., y así todos los días a la misma hora.
Oremos y Meditemos para que nuestro querido compañero en la senda se restablezca y fortalezca, física y espiritualmente.

Fraternalmente, Rosacruces Acuarianos

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CURANDO A LOS ENFERMOS 

Ayude a Diseminar el Método Rosacruz Espiritual (Esotérico 
Cristiano) de Curar a los Enfermos 

Cuando la Luna entra en Signos Cardinales (Aries, Cáncer, Libra, Capricornio) 
podemos ayudar a Generar la “Panacea Eteriza Curativa”. Leyendo el Servicio de 
Curación Rosacruz a las 6.30PM según su Reloj, seguida de una sentida 
concentración/oración enfocada en el emblema del Templo de Mount Ecclesia, 
crearemos un Bálsamo Sanador para uso de los Hermanos Mayores y Auxiliares 
Invisibles que Curan los enfermos en la noche. Este sencillo método de Curación 
puede contribuir de manera efectiva a La humanidad, desde su casa, y sin costo.




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Francisco Papa


Francisco Papa




Con motivo de una elección histórica para nuestro país y el mundo,La Voz publicó en su Edición Impresa un suplemento especial, con opiniones, análisis y curiosidades sobre el hombre que estará al frente de la Iglesia.


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saludos afectuosos, Edgardo Ceol

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San Francisco de Asís - película completa año 1972


San Francisco de Asís - película completa año 1972




Una película biográfica de Francisco de Asís antes de su experiencia de conversión a través de su audiencia con el Papa, incluyendo su amistad con Santa Clara. Fue dirigida por Franco Zeffirelli en 1972.

Siglo 13, ciudad de Asís en la Umbría italiana. Francisco Bernardone, hijo del comerciante Pedro Bernardone y de Pica es un joven alegre y despreocupado al que le gusta divertirse con sus amigos.

Pero ha sido llamado a la guerra. Participa en la guerra contra Perusa y regresa enfermo, sumido en un delirio, que remonta sus recuerdos a los días en que pasó en fiestas y placeres carnales. Sin embargo, la sombra de una cruz que él ve en su delirio pone fin a su vida anterior.

Poco a poco se recupera, pero ya no es el Francisco que era conocido por todo el mundo.

Sus tiempos de juerga llegaron a su fin ahora medita la belleza de las criaturas de Dios. Al encontrar una pequeña iglesia en ruinas y su antigua cruz, Cristo cambia su vida para siempre.

pueden ver la película desde aquí:


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viernes, 15 de marzo de 2013

Un peregrino descalzo de 64 años se quedará rezando hasta la fumata blanca





Un peregrino descalzo de 64 años se quedará rezando hasta la fumata blanca

Massimo Coppo, pobre por voluntad propia, siguió elevando plegarias de rodillas en el medio de la Plaza de San Pedro a pesar del frío y la lluvia

En la Plaza de San Pedro, una fuerte lluvia y un clima de 6°C disuadieron a algunos fieles que esperaban ver en vivo la fumata blanca del segundo cónclave del siglo. Otros, sin embargo, permanecieron a la espera pese al clima. Uno de ellos era un peregrino descalzo, con traje de yute, que rezaba de rodillas en el piso de piedra.

Se trata de Massimo Coppo, de 64 años, quien llegó el martes al Vaticano y que tiene toda la intención de quedarse rezando hasta que los 115 cardenales hayan escogido un nuevo Papa. "Me quedaré hasta el humo blanco", dijo.

Coppo vive en Asís, en la región de Umbria, y pertenece a una comunidad de franciscanos que predica el voto de pobreza y la vida dedicada a la oración, estilo de vida que escogió a los 32 años, tras conocer a varios católicos que le impregnaron de lo que él llama vocación de servicio.

El frío era intenso y las precipitaciones continuaban, pero descalzo, de rodillas y con su humilde vestimenta, Coppo aseguró que no piensa abandonar el suelo de piedra de la plaza. "Vine a rezar, a presenciar esta importante elección que es difícil para la Iglesia. Es un momento hermoso, importante", dijo en una entrevista para G1.

"Me gustaría ver a un Papa pobre, un franciscano capuchino. Un Papa valiente para reafirmar los fundamentos de la fe católica para la eternidad", añadió al recordar que la Iglesia está pasando por un momento marcado por denuncias de violaciones y fugas de información clasificada.

PROFESIONAL QUE ELIGIÓ LA POBREZA
Es italiano y vivió su juventud en Estados Unidos, por lo que habla también inglés con fluidez. Es licenciado en Ciencias de la Agricultura y antiguo profesor. Todo esto como parte de una vida que Coppo, a sus 32 años, decidió dejar atrás por la pobreza. "Queremos ayudar a más personas a entender que la libertad de ser pobres puede llevar a la felicidad", comentó.


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Pueden ver éstos vídeos aquí:



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LA MUERTE Y EL SENTIDO DE LA VIDA




LA MUERTE Y EL SENTIDO DE LA VIDA

Antonio Medrano

www.antoniomedrano.net


Si hay un rasgo que define a la mentalidad moderna, este es el del rechazo o huída de la muerte. Es un negarse a aceptar la idea de la muerte, un no saber cómo encararla y un no entender su significado, que lleva a procurar no pensar en ella. Hay un miedo visceral a morir, pues se considera que la muerte supone el fin del ser humano, que con ella todo se acaba y que no hay nada detrás de su triste y tétrica sombra.
El hombre moderno, inmerso en una civilización materialista, no puede soportar la idea de que tiene que morir, de que su vida es perecedera, y se buscan toda clase de subterfugios para evadir el tremendo problema que supone el hecho de que la vida haya de llegar un día a su fin. Es significativo que en muchos de los países más “avanzados”, que gozan de mayor progreso y bienestar económico, se considera de mala educación hablar de la muerte. Se huye de ella y se evita hasta su recuerdo, asumiendo la postura del avestruz, que esconde la cabeza para no ver el peligro que se avecina.
Hay en nuestra época una auténtica huida de la muerte, que no es sino una manifestación de la huida de Dios. Se da la espalda a la Realidad divina, al mundo de lo sagrado y eterno, y como consecuencia no se puede dar una respuesta al tremendo interrogante, dramático y definitivo, que la muerte plantea.
No hay nada, sin embargo, más importante en la vida del hombre que la muerte. Es el instante en que la vida termina, la conclusión natural de la existencia terrena, el destino inevitable de todo ser humano. Es también, y precisamente por ello, el momento decisivo, ante el que no valen argucias ni subterfugios; la hora de la verdad que da su verdadero valor a todas las cosas, en la que ya no hay marcha atrás y en la que cada cual habrá de verse ante su propia verdad, teniendo que dar cuenta de cómo ha vivido, responder de lo que ha hecho con su vida. Por todo ello, la muerte constituye el problema capital de la vida humana, aquel ante el cual todos los demás problemas se desvanecen.
Todos hemos de morir. Nadie puede escapar a la muerte; no podemos evitarla ni conseguir que alguien la experimente por nosotros. Esto es lo único de que podemos estar seguros: que un día nos llegará nuestra hora y nada ni nadie podrá impedirlo. Y cuando esa hora llegue, tendremos que afrontarla a solas, armados únicamente del bagaje espiritual de que hayamos sabido hacer acopio  a lo largo de nuestra jornada vital. De nada nos servirá, cuando nos llegue nuestra hora, todo lo que el mundo nos pueda dar o lo que hayamos acumulado mediante una actividad frenética (bienes, riquezas, fama, honores, cultura, poder). Lo único que tendrá valor es lo que seamos y lo que hayamos hecho de bueno y recto a lo largo de nuestra vida.
Precisamente porque es su término, su desenlace final, el valor y densidad de una  vida dependerá de cómo se integre en ella la muerte. La vida de alguien que se niega a morir, que rechaza la idea de la muerte, no podrá estar correctamente enfocada ni planteada. Cuanto mejor orientada esté nuestra vida, menos nos preocupará perderla. Quien ha vivido bien, con altura y rectitud, con la dignidad y nobleza propias de un ser humano, no teme morir.
 “El morir es uno de los deberes de la vida”, afirma Séneca, quien nos exhorta cumplir con presteza y buen ánimo tan importante deber, ya que “la vida, si carece del valor para morir, se convierte en una auténtica esclavitud”. Y llamando la atención sobre cuál es la manera correcta de encarar el problema de la muerte, el filósofo hispano-romano proclama con genial clarividencia: “no importa morir pronto o tarde; morir bien o mal es lo que importa”.
La muerte no se opone a la vida, es parte de ella. Muerte y vida se condicionan de manera recíproca: la una no puede existir sin la otra. “Nuestra vida y nuestra muerte –nos dice el maestro zen Shunryu Suzuki-- son la misma cosa. Cuando nos percatamos de esta realidad, ya no tenemos miedo de la muerte, ni ninguna dificultad en nuestra vida”. El morir, como suelen decir los orientales, no se contrapone al vivir sino al nacer. “Nacer es entrar, morir es salir”, dice Lao-Tse con su escueto y críptico verbo, dando expresión a esta concepción clave del pensamiento oriental.
Es tal el nexo que une vida y muerte, que la luz que acertemos a proyectar sobre una determinará la luz que la otra reciba. Nuestra vida tendrá sentido en la medida en que seamos capaces de descubrir el sentido de nuestra muerte. Únicamente podré llenar de significación y sustancia mi vivir si soy capaz de dar significado a mi propio fallecer y morir. Saint-Exupéry supo expresarlo con palabras certeras: “Quien da un sentido a la vida, da un sentido a la muerte. ¡La muerte es tan dulce cuando está en el orden de las cosas!”. El hecho de que tenemos que morir es, según muchos poetas y filósofos del Oriente, lo que da grandeza, belleza y poesía a la vida humana. Opinión en la que coincide el pensador italiano Arturo Graf: se non fosse la morte, quasi non sarebbe poesia nella vita.
Puesto que la muerte es el horizonte ineludible de la vida, para descubrir el valor de la vida es necesario afrontar con valor la muerte. Quien acepta su propia muerte, sabrá aceptar también la vida con todas sus pruebas, contratiempos y sinsabores. Sólo se sabe vivir cuando se sabe morir. Por eso se vive hoy tan mal; por eso es la vida tan triste y angustiada, tan gris y monótona, tan falsa y superficial. Vivimos apegados a cosas sin valor auténtico, hundidos en lo material, preocupados por nimiedades y asuntos intrascendentes; por eso, cuando nos sorprenda la muerte, no estaremos preparados para afrontarla y nos pillará con las manos vacías; la afrontaremos con dolor y  temor.
 “Oficio es el bien morir que conviene aprender toda la vida”, sentencia Fray Luis de Granada. Y sabido es que para Platón la filosofía, que él ve ante todo como una escuela de vida, se perfila como una “meditación sobre la muerte” y un “arte para aprender a morir”.
No hay mejor escuela para el bien vivir que la del bien morir, y viceversa. Únicamente quien bien ha vivido, quien ha sabido llenarla con buenas obras,  podrá encontrar una buena muerte. De la misma forma que una buena muerte viene a ser la consumación y el broche de oro de una vida lograda. Un bel morir tutta la vita onora, dice Petrarca. Es lo que demuestra de una manera ya indiscutible e imborrable, que la vida de la persona en cuestión fue bien aprovechada, vivida como es debido, a fondo y de forma fructífera, con rectitud y plenitud.
He aquí, pues, algunos de los tesoros de los que se ve privada una civilización que pretenda ignorar la muerte o darle la espalda. “¡Ay de la época que no comprenda ya el don de la muerte!” exclamaba Lacordaire, en clara referencia a la situación imperante en su siglo y que no ha hecho sino agravarse en nuestro tiempo.

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Como primera exigencia para una vida sabia y rectamente vivida se impone la aceptación de la muerte: la muerte de mis seres queridos y mi propia muerte. Difícilmente podré gozar plenamente de mi vida si no respondo con un sí radical a ese hecho tremendo e irreversible que se cierne sobre ella como una amenaza cierta. Mi vida será inauténtica y quedará falseada, truncada, herida de muerte, si no me oriento hacia ese horizonte último y  me preparo para ir a su encuentro.
Para vencer el miedo a morir que es natural en todo ser vivo y  para verme libre del poder destructor y anulador de la muerte, de su acción anti-vida, tengo que empezar por reconciliarme con ella y aceptarla con todas sus consecuencias. Aceptarla ya, de antemano, antes de que ocurra. Es decir, pre-verla o verla con antelación, asumiéndola y afirmándola desde este mismo momento. Sólo si la acepto, podré comprender su significado y su sentido en la economía global de mi propio existir. Cuanto más la acepte, mejor la comprenderé. Y cuanto mejor la comprenda, más fácil me resultará aceptarla.
No adelanto nada con rebelarme contra el hecho de que tengo que morir, ni tampoco me sirve de nada el tratar de olvidar ese sino ineludible que pende sobre mí. Son éstas posturas muy poco inteligentes que me cierran la posibilidad de conectar con las fuentes de la vida y que sólo pueden hundirme en la angustia y la desesperación.
Sé que tengo que morir. Si lo acepto, si veo mi muerte como la meta o la cima de mi camino en este mundo, como el cumplimiento de mi misión terrena, mi muerte será la gozosa culminación de una gran empresa; podré vivir mi propio fallecimiento como una victoria. La muerte, como observa Michele Federico Sciacca, deja entonces de ser mirada como fatalidad, para ser vivida como destino. Se me aparecerá como el sello de mi vocación, su otra cara: la llamada de la Voz divina que me llamó a realizar una tarea heroica y que ahora me llama indicándome que ya está cumplida.
Por el contrario, si no acepto la idea de tener que fallecer, me hundo en el absurdo, en el sin-sentido. Carente de sentido, mi vida se volverá ininteligible, se convertirá en una tortura, en insoportable pesadilla, en delirio desgarrador, y acabará en una total derrota. Quien quiere evitar lo inevitable no hace sino acumular sobre sí más dolor. Se sume en el peor y más ilógico de los sufrimientos, que es el sufrimiento por el sufrimiento, el sufrir porque se sufre (rumiar el propio dolor y recrearse en él). El evitar el pensamiento de que uno tendrá algún día que abandonar este mundo y todo lo que en él tiene, hace aún más dolorosa esa pérdida y hace que se frustre el proyecto de vida que se intenta edificar sobre base tan inconsistente.
Jorge Manrique expresó en versos inigualables esta convicción, tan genuinamente cristiana y tan hondamente arraigada en el alma española:

Consiento en mi morir
con voluntad placentera
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura.

En el Zen se habla expresamente de “abrazar la muerte”. Es la íntima fusión de la vida con la muerte, unidas ambas en un todo indisociable, lo que, según el maestro Taisen Deshimaru, da al Zen su peculiar energía y vitalidad. La misma meditación en postura sedente, o za-zen, en la cual el individuo se sumerge en la profundidad del propio ser, ha de ser realizada, como enseña el citado roshi, actualizando la propia muerte o asumiendo la misma actitud que si uno estuviera muerto: “cuando haces za-zen entras en tu ataúd”; “el satori total está en nuestro féretro” (aclaremos que el satori es la experiencia suprema de la Iluminación o Liberación espiritual). Deshimaru no deja de resaltar que de tal hermanamiento entre vida y muerte brotan “un espíritu despierto y una gran fuerza física y moral en la vida cotidiana”.
Muy esclarecedora es la visión que nos ofrece la tradición hindú, donde nos encontramos con la figura de Kali, la negra diosa de la muerte, de apariencia tan tétrica y horripilante, a quien se representa blandiendo armas mortíferas y engalanada con un collar de calaveras. Pero, como enseña Ramakrishna, sólo para aquél que le da la espalda y trata de negar su poder se presenta Kali bajo un aspecto terrible y sanguinario; para quien la mira con devoción y acepta su poder, se revela como Madre amante, liberadora, dispensadora de toda clase de gracias y portadora de una dicha infinita.
La sabiduría hindú da a la muerte, personificada en el dios Yama, el título de Dharma-raja, “Rey del Dharma”, entendiéndose tal expresión como equivalente de “Rey servicial” o “Rey cumplidor”, pues es el poder que guarda la ley y vigila el cumplimiento del deber. Por su parte, Swami Sivananda, refiriéndose a la disciplina del Yoga, nos dice que éste tiene como propósito fundamental “ir al encuentro de la muerte con alegría y sin temor”.
Si sabemos mirarla con mirada limpia, veremos que la muerte no es una enemiga, sino una amiga, una fiel compañera que nos libera y nos abre la vía hacia la Luz. Como pone de relieve el japonés Kaiten Nukariya en una interesante obra en la que estudia el impacto de la doctrina Zen sobre el alma nipona, la muerte es un don para el hombre: “es una de las bendiciones por las que tenemos que estar agradecidos”. En la misma idea insistía Séneca cuando indicaba que la muerte no es escollo, como solemos pensar, sino puerto, lugar de paz y descanso. Y así lo asevera también Lao-Tse, para quien el morir significa “entrar en el descanso y la paz”. Mientras que el hombre vulgar, nos dice Lie-Tse, otro de los grandes místicos taoístas, no hace más que hablar de los placeres de la vida y “las angustias de la muerte”, al sabio no se le escapa que la vida es amarga y que “la muerte es el descanso”.

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En todas las tradiciones se recomienda la meditación sobre la muerte como medio para prepararse a ir a su encuentro. El tenerla siempre presente, recordarla sin cesar, el pensar en ella con frecuencia, el anticiparla con la imaginación se considera el mejor procedimiento para vencerla y reconciliarse con ella. 
 “La continua y frecuente memoria de la muerte mucho ayuda para no temerla”, decía San Francisco de Borja. Y explicaba su afirmación argumentando que, así como las flechas menos peligrosas y las que menos hieren son las que se ven venir, del mismo modo poco podrán herir las flechas de la muerte a quien la observa viendo por dónde, cuándo y cómo pueden venir. Fenelón, el célebre arzobispo de Cambrai, sostiene que “la muerte sólo será triste para los que no hayan pensado en ella”. Y en la misma idea coincide el poeta y pensador italiano Arturo Graf cuando afirma: “nada tiene que temer el hombre que habitualmente piensa en la muerte” [Nulla è da temere da uomo che pensi abitualmente alla morte].
La meditación sobre la propia muerte, sobre el propio cadáver o la propia tumba es una práctica hondamente arraigada en el Budismo desde los primeros tiempos. Y también en el Bushido, la vía espiritual de los samurais, la casta guerrera del Imperio del Sol naciente, aparece el recuerdo de la muerte como una forma de alta ascesis, pues sólo así es posible la vida heroica asentada sobre el principio del honor. En una de las obras clásicas del Bushido se declara de forma tajante que el guerrero o bushi debe estar dispuesto a morir en cualquier momento, para lo cual es necesario que “la idea de la muerte esté impresa en la mente cada mañana y cada tarde”. El gran guerrero Kusunoki Masashige recomendaba a su hijo: “ten siempre la idea de la muerte presente en el ánimo”.
“Es bueno –sentencia el místico siux Alce Negro-- tener ante nosotros un recordatorio de la muerte, pues nos ayuda a entender la impermanencia de la vida sobre esta tierra, y esta comprensión nos puede ayudar a preparar nuestra propia muerte”. Y recogiendo la inmensa sabiduría de aquellos pueblos nómadas de las praderas americanas, el mismo Alce Negro añade que el hombre que está bien preparado para la muerte es “el que sabe que él no es nada comparado con Wakan-Tanka, que lo es todo”. (Recordemos que Wakan-Tanka es uno de los nombres que los pieles rojas dan a Dios, “el Gran-Espíritu” o “Padre de lo alto”).
No se trata de regodearse morbosamente con la idea de que uno tiene que morir ni de cultivar actitudes negras o pesimistas, dando un tono fúnebre a la vida. Se trata simplemente de contemplar las cosas tal como son, de ver con objetividad, serenidad y realismo la realidad de la propia naturaleza mortal. Lo que se pide es simplemente mirar cara a cara a la muerte. Considerar el hecho del propio fallecimiento con claridad y valentía, pero también con ecuanimidad y serenidad, con lúcido y sobrio desapasionamiento, sin dramatismos ni arrebatos sentimentales de ninguna clase. En vez de quejarme, de entristecerme o lamentar la suerte aciaga que me espera, procurar comprender qué significa la muerte, penetrar el misterio que encierra, reflexionar sobre cómo puedo prepararme para afrontarla dignamente, qué he de hacer y cómo he de vivir para que cuando me llegue la hora postrera no lamente haber vivido ni tener que morir.

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Vivimos y actuamos por lo general como si nuestra vida fuera a durar indefinidamente. Nos imaginamos la muerte como un suceso futuro, muy lejano, quizá por supuesto posible pero hoy por hoy poco probable, que de momento no nos afecta y que no tiene por qué preocuparnos. Estamos convencidos de  tener a nuestra disposición toda una vida por delante, al menos 30 o 40 años, como algo seguro y casi estadísticamente garantizado.
Enfoque erróneo y poco realista, pues la muerte va inserta en el decurso mismo de la existencia. No es algo que vaya a ocurrir en un futuro más o menos lejano, diferido a un mañana que apenas se vislumbra. Está presente ya aquí y ahora, en este mismo momento actual que me parece tan vivo, tan real, tan ajeno a la muerte, tan rebosante de pujanza y vitalidad.
En realidad, no es que muramos en una determinada fecha y hora, sino que continuamente estamos muriendo. Se podría decir que cada día morimos un poco. Vivir es morir. Nuestra vida entera es un paulatino perecer y agotarse. De ahí que se pueda afirmar, con San Agustín, que “el hombre es más bien un muriente que un viviente”. Nacer es empezar a morir; crecer y adentrarse en la vida es seguir muriendo día tras día. Y todos estamos sometidos a tan fatal proceso, seamos o no conscientes de ello. Lo que ocurre es que unos morimos lentamente, mientras otros lo hacemos de forma más acelerada; unos, dándose cuenta, y otros, sin percatarse de ello, ignorándolo o sin querer saberlo.
Tal verdad se nos hace patente cuando de repente nos llega la noticia de que algún pariente, amigo o conocido ha muerto repentinamente o de que va a morir pronto, quizá en la flor de la juventud. Aunque enseguida olvidamos esta advertencia y no tardamos en volver a nuestros hábitos de inconsciencia, ligereza, irresponsabilidad e inmadurez. Pensamos que eso no nos va a pasar a nosotros. Preferimos pensar en otras cosas.
Si de repente me enterara de que me quedan tan sólo unas semanas o unos meses de vida, ¡cómo cambiaría mi manera de ver las cosas, todas las cosas! ¡qué de cosas pasarían a segundo plano y cuántas otras, que tenía relegadas u olvidadas, pondría en primera línea de mi atención! ¡con que intensidad saborearía cada hora, cada minuto, cada segundo que se me ofreciera! Llegaría con toda probabilidad a la conclusión de que no tengo tiempo que perder, que debo aprovechar hasta el último aliento para hacer todo el bien que pueda. Procuraría cumplir escrupulosamente con mi deber, hacer con el máximo cuidado todo cuanto tenga que hacer. Y me esforzaría también por dejar a los míos el mejor legado posible y también el mejor recuerdo.
Pues bien, esta es ni más ni menos la situación real en que todos nos hallamos si miramos las cosas con mirada objetiva y realista, tal como son. Todos tenemos los días contados. A cada uno de nosotros le quedan tan sólo unos cuantos meses de vida, sean pocos o muchos.
Por muy sólidas que parezcan mi salud y mi energía vital, quizá un día de estos se me diagnostique una enfermedad mortal o sufra un accidente que ponga fin a mi vida. ¿Podré encontrar mejor manera de emplear la poca vida que me queda que entregarme a la realización de la misión que la Providencia me asignó y tratar de arreglar mis cuentas conmigo mismo, con mi prójimo y con Dios? ¿No me dedicaré a prepararme para el momento decisivo? ¿No enfocaré mi vida hacia la Realidad suprema que me sustenta y me llama? ¿No la pondré a su servicio con total entrega?
Sabiendo que tu vida puede concluir en breve, empieza a esforzarte desde ahora mismo; cambia en ella todo lo que en ella haya de ser cambiado y proyéctala con sensatez y cordura, asentándola en lo imperecedero y lanzándola hacia lo que está más allá de la muerte, la Vida perdurable. Haz lo que esté en tu mano por dejar el mundo mejor de lo que lo encontraste; es decir, por aumentar en él la verdad, el bien, la belleza y la justicia. Procura legar una obra bien hecha, en el campo que sea, en aquel terreno que te corresponda y se ajuste a tu vocación y destino. Obra de tal suerte que por donde hayas pasado quede una estela luminosa.
Y cuando hablo de “obra bien hecha”, me refiero también, por supuesto, a esa obra que eres tú mismo. Trabaja sobre todo en la mejora, afinamiento y edificación de tu propia persona; pues sólo así podrá salir de tus manos una obra digna, ya que todo lo que hagas dependerá de lo que eres, y lo que hayas llegado a ser, gracias a tu buena acción o tu buena vida, es lo único que te podrás llevar contigo. 
He aquí la actitud que habría que adoptar en la vida diaria. Deberíamos vivir el día de hoy como si fuera el último de nuestra vida. Con la misma disposición de ánimo como si dentro de unas horas tuviéramos que decir adiós a la vida. Es este un consejo en el que coinciden el Kempis cristiano y el Bushido japonés. “Por la mañana piensa que no llegarás a la noche, y por la noche no te prometas llegar a la siguiente mañana”, leemos en la Imitación de Cristo. “El samurai debe considerar cada día de su vida como el último”, recomienda un texto del Bushido del siglo XVII.
De  los lamas tibetanos se cuenta que, al llegar la noche, tras haber vaciado su taza, la dejan boca abajo al lado de su lecho, como indicando que es posible que no la necesiten ya más, pues quizá no despierten al día siguiente. “Mañana o la próxima vida, nunca se sabe qué llegará primero”, reza un antiguo proverbio tibetano.

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Pero para que esta sabia y serena actitud ante la muerte sea posible, es indispensable que nuestra vida se abra a la trascendencia. Es necesario que nuestra mente perciba el significado del acto de morir como tránsito hacia la Eternidad o, lo que viene a ser lo mismo, adquiera una clara conciencia de la inmortalidad del propio ser, arraigado en el Ser eterno y supremo.
Se ha ido imponiendo en nuestro tiempo la creencia de que la muerte significa la aniquilación total de la persona y que tras ella se extiende el pavoroso abismo de la nada. Palpable muestra de la indigencia intelectual en que se halla sumido el mundo actual.
Urge superar tan errada y deprimente visión, diametralmente opuesta a lo que la humanidad ha tenido siempre por cierto en todo tiempo y lugar, desde hace milenios. Visión que trae como consecuencia, además de la acentuación del horror a morir, una desvalorización de la vida y una total desmoralización, un afianzamiento del imperio de la trivialidad y la inmoralidad. Pues, como bien hace notar Julián Marías, si el hombre termina con la muerte, todo da igual, nada es importante, nada es sacro.
Aunque la muerte implique la destrucción de todo lo temporal y perecedero del ser humano, su realidad no se agota en la pura destrucción. Por encima de tal obra aniquiladora se revela como el paso a una forma más alta y plena de existencia. Supone el nacimiento a una nueva vida, una vida imperecedera que es “más que vida”, según la fórmula empleada por algunas doctrinas tradicionales. El acto de morir pone fin a la vida terrena, pero nos abre las puertas a la vida verdadera, a la vida eterna. Para decirlo con palabras de Sciacca, si vivir es morir, según antes veíamos, “morir es vivir más allá de la vida en el tiempo”. En este sentido, la sabiduría es “meditación no de la muerte, sino de la vida”.
Cuando yo muera, morirá mi individualidad contingente y condicionada, mi yo efímero, mi yo psico-físico (lo que algunas doctrinas orientales llaman “el pequeño yo”), pero no muere, porque no  puede morir, porque es inmortal, mi personalidad espiritual o metafísica, mi Yo auténtico, esencial, eterno y trascendente (“el Gran Yo”). Perecen y se disuelven tanto mi cuerpo como mi psique o alma sensible; permanece, sin embargo, el Espíritu, el Alma de mi alma, mi propia mismidad o intimidad profunda, núcleo inmortal de mi ser, rayo de la Divinidad presente en el centro de mi mismo, “el reino de los Cielos que está dentro de mí”, para emplear la expresión evangélica.
Refiriéndose a la experiencia personal con la que, en su primera juventud, superó definitivamente el miedo a la muerte, Ramana Maharshi explicaba con las siguientes palabras la conclusión a la que había llegado como algo vivido y que se había impuesto a su conciencia con la absoluta certeza de una revelación: “Soy Espíritu que transciende al cuerpo. El cuerpo muere, pero el Espíritu que lo trasciende no puede ser tocado por la muerte. Esto quiere decir que soy el Espíritu inmortal, sin-muerte”.
Como certeramente apunta Sciacca, no muere la conciencia con la cual sabemos que morimos. Con la muerte, esa conciencia se ve libre de las limitaciones de la existencia temporal y se sitúa en un Presente intemporal que es pura Presencia del Logos divino.
Desde esta perspectiva, la muerte y la vida adquieren su pleno sentido. La muerte se nos aparece como “maestra benefactora de la vida”, según la calificara el Padre Nieremberg. La muerte, en efecto, me enseña y ayuda a vivir mejor, radicaliza y esencializa mi vida. Me hace volver la mirada hacia lo que en ella es esencial y me pone en contacto con las raíces más profundas de mi ser. Con razón describió Lao-Tse a la muerte como “retorno a la Raíz” o “volver al Origen”.
Sabiendo que voy a morir, y que dentro de poco ya no viviré, vivo más intensamente, con mayor hondura, seriedad y autenticidad, y también con mayor provecho y disfrute de cada instante que la Providencia me conceda. Por ello, bien puedo decir que la muerte me da la vida; pues alumbra mi vivir, lo ilumina y le da calidez, haciéndolo a la vez más vívido y vividero. Hace, en suma, que mi vida sea más vida.
Con tan profunda vivencia de la realidad de mi propio existir, una vez asimiladas todas estas verdades y transformada por completo mi actitud ante ella, la muerte llega a convertirse en la iluminadora y liberadora de mi vida, alcanzando así esa plenitud de significado y de inteligibilidad que abre las puertas a la felicidad.
Apurando cada momento con la conciencia de que quizá sea el último, me empeño con la máxima energía en la obra de construirme y de construir el mundo. Me consagro de lleno, con alegría y con generoso desprendimiento, a la tarea de ayudar a los demás y de cooperar al perfeccionamiento de la Creación divina. Vivo mi vida como misión sagrada y como un combate al servicio del Rey supremo, como una peregrinación hacia la Patria eterna, donde luce eternamente el Sol. Patria que, como bellamente indica Sciacca, “puede alcanzarse solamente pasando por este lugar de prueba y lucha, no contra la muerte, sino junto a ella, la acompañante fiel o persuasiva”.
Consciente de la proximidad de la muerte, que me espera y me acompaña, nada me puede resultar indiferente; todo me importa (aunque al mismo tiempo pierda esa importancia que suele dar a las cosas la perspectiva egoísta, pues ya nada me esclaviza ni obsesiona). Hasta el más ínfimo detalle cobra una especial significación y hasta la acción más modesta cobra un valor absoluto. Todo se transforma en fuerza de vida y razón para vivir. Todo me ayuda en el camino hacia la Vida. 

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